«Ayudando» a mi hijo—dejándolo ser el hombre que necesita ser—

La adicción de mi hijo le causó mucho daño a nuestra familia. El dolor y el caos que su enfermedad causó habían transformado nuestra vida en familia en una pesadilla de gritos, culpabilidad, vergüenza y sentimientos de culpa. Estábamos viviendo en algo así como un programa diurno de entrevistas relacionado con las rencillas familiares. Yo lo había iniciado al desempeñar el papel de persona amorosa, preocupada y que brindaba apoyo, pero, de repente, ese papel se convirtió en el del culpable que brindaba apoyo.

Mi familia estaba exhausta. Mi constante insistencia en que teníamos que seguir apoyando y la noción controladora de que había algo más que todos podíamos intentar, estaban a punto de convertirse en el propulsor de la desintegración total de mi familia. Con mi rechazo implacable a aceptar lo que tenía que pasar, yo estaba ayudando a completar lo que la adicción de mi hijo no había podido lograr en el destrozo de nuestra familia.

Simplemente sabía que mi familia no lo entendía. ¿Cómo no podían entender que él era mi hijo y que, mientras yo todavía estuviera respirando, no podía dejar que uno de mis propios hijos destruyera su vida mientras yo me quedaba parada observando? ¡Nada de lo que los demás pensaban tenía sentido para mí en lo absoluto! Hasta que un día todo llegó a estar completamente claro.

Mi hijo tomó la decisión de buscar ayuda para su adicción. Buscó un centro de rehabilitación y él mismo se internó para el tratamiento. La decisión había sido únicamente suya. Siguió los pasos que había que seguir para iniciar y terminar el programa; pero escucharme relatar los acontecimientos que condujeron a esa decisión y las semanas que siguieron era como si él y yo hubiéramos logrado eso juntos. Yo le contaba a todo el mundo cómo él y yo habíamos ido juntos al centro de rehabilitación donde se internaría y acerca de la sesión antes de la orientación que «nosotros» debimos tener con el administrador del centro para entender lo que «nosotros» tendríamos que hacer con el fin de terminar el programa.

Una de las condiciones de su admisión era que no se permitiría la visita de familiares durante las dos primeras semanas de tratamiento. Yo no tenía la esperanza de que se quedara y terminara el tratamiento, pero si tenía que estar lejos de él durante dos semanas con el fin de ayudarlo a tener éxito, parecía tener sentido que yo lo aceptara.

Cuando habían pasado las dos primeras semanas de tratamiento, me permitieron visitarlo. Mi hijo me llamó para ver si podía llevarle algunas monedas para poder comprarse un refresco enlatado en la máquina de refrescos.

Yo estaba muy feliz de poder hacer eso por él. En realidad, estaba tan feliz que pensé que podría ayudarlo con algo más que eso. Quería hacer lo que pudiera para lograr que su estadía allí fuera más cómoda, de manera que no decidiera abandonar su progreso. Así que, de camino a la visita, decidí parar en el supermercado local y comprarle un par de cajas de refrescos fríos. De esa forma tendría refrescos fríos que podía guardar en su habitación y tomarse uno cuando quisiera. Y mientras estaba allí, pensé que también le gustarían algunos bocadillos. Y quizás se sentiría más cómodo con un par de zapatos nuevos, y luego me acordé de los cigarrillos. Los otros pacientes del centro fumaban «cigarrillos económicos» (como si esas dos palabras tan siquiera fueran juntas en la misma frase), pero mi hijo sólo fumaba una marca especial.

Al recordar eso ahora, todo parece bastante ridículo. Tan solo recuerdo que pensaba para mis adentros que alguien, por fin, sería capaz de ver lo mucho que amaba a mi hijo. Estos otros hombres en el centro de tratamiento se identificarían con lo mucho que yo lo amaba. Mi familia no lo había entendido, pero aquí había alguien que por fin entendería mi sacrificio.

Cuando me dirigí hacia el estacionamiento y saludé a mi hijo, los otros jóvenes que estaban en el programa se quedaron mirando sin poder creer cuando los dos descargábamos las cosas del auto. Ellos entendieron la situación perfectamente. Mi hijo tenía un largo camino por recorrer en su tratamiento; tenía muchos obstáculos que tenía que superar; pero tenía un problema evidente que tenía el potencial de descarrilar por completo su intento de lograr la sobriedad. Ese problema era... yo.

Hoy sé que no tengo que hacer nada más por mi hijo de lo que él definitivamente no puede hacer por sí mismo. No puedo dejar que mi necesidad de servir de ayuda llegue a herir y hacer más daño. La mayor ayuda que puedo darle a mi hijo hoy es dejar que él sea el hombre que él debe ser, el hombre que necesita ser, y que siempre ha querido ser.

Dynell M. – Texas
The Forum, julio de 2014
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