Vaciando el «clóset de las aflicciones»

Durante ocho años estuve viviendo una vida de acaparamiento emocional a causa del alcoholismo. Vivía en aislamiento, consumida por la depresión, la preocupación y el pánico constantes. A diferencia de un acaparador que se apropia de cosas, yo había estado apropiándome de «aflicciones».

La enfermedad de mi hijo se mantuvo en secreto porque el admitirla ante otras personas era demasiado doloroso. Yo estaba en negación al pensar que nadie fuera de nuestra familia sabía de los episodios semanales del alcohólico. Mi negación no era diferente a la negación del alcohólico que le impidió ver la devastación que su enfermedad no tratada estaba causando en su vida.

Compartir con familiares y amigos sobre lo que se había convertido en mi vida caótica sólo los hizo sentirse tan incapaces con respecto a mi dolor como me sentía yo con respecto al dolor del alcohólico. Había decidido que mi misión en la vida sería estar siempre al cuidado de mis hijos. Ahora me enfrentaba a la realidad de que no era capaz de encontrar las soluciones que curaran la enfermedad que había consumido la vida de mi familia.

Junto con cada nueva aflicción y decepción, obtuve la habilidad de llenar mi pequeño «clóset de las aflicciones». La tristeza que sentía podía guardarse en un lugar imaginario, donde nadie la pudiera ver. Tenía un enorme deseo de proteger al alcohólico. El dolor y los recuerdos asociados con el alcoholismo habían llegado a ser solo míos. Había llegado al punto de que compartir mis pensamientos sólo conducía a más sentimientos de ineptitud por no ser capaz de componer la vida de mi ser querido.

Las historias de nuestras vidas les parecían increíbles a la gente que conocía nuestra familia. El mantener mi realidad encerrada de alguna manera actuó como un escudo que nos impedía admitir ante los demás la vida poco perfecta que teníamos. Cada nueva borrachera y los desastrosos acontecimientos que seguían provocaban el dolor repetitivo de ver a alguien que amas sufrir y no poder ayudarlo. Las consecuencias de su comportamiento habían causado pérdidas de trabajo, salidas de la escuela, hospitalizaciones y, sí, ¡la cárcel!

Tomó todos estos años para que esas aflicciones se acumularan hasta el punto de que la puerta de mi clóset ya no se podía cerrar, y todas ellas salieron dando vueltas fuera del clóset. Se habían transformado en una aflicción que ya yo no reconocía como el dolor del alcohólico, sino más bien como el mío.

Mi vida se había vuelto increíblemente caótica. Yo ya no era capaz de mantener ni un paso delante de él, y el temor era agobiante. Me sentía derrotada por las mentiras, los sueños quebrantados, el pánico y la imprevisibilidad de la vida del alcohólico. Un día muy sombrío valientemente entré a mi primera reunión de Al‑Anon, y luego fui a otra. Durante varias semanas asistí a una reunión que se celebraba todos los días, con el fin de tratar de recuperar un poco de mi cordura.

En las reuniones de Al‑Anon solo vi sobrevivientes. Quizás se sentían igual de heridos cuando vinieron a esta hermandad, pero ahora ya se habían compuesto y también estaban dispuestos a ayudarme. En la mayoría de mis primeras reuniones yo no compartía porque no podía confiar en mí misma para empezar a resignarme a aceptar que el alcohólico a lo mejor nunca se recuperaría. Admitir eso me hizo sentirme como si estuviera traicionando el papel de una madre amorosa y servicial.

Entre más asistía a las reuniones, más instrumentos de supervivencia recogía. La Oración de la Serenidad pronto se convirtió en una oración que rezaba cada vez que sentía pánico ante la imprevisibilidad de lo que sucedería en la noche cuando mi hijo pasaba el rato con sus amigos. Estas reuniones me ofrecieron esperanza. Las mismas me ayudaron a comenzar a sustituir las aflicciones con la aceptación, la compasión y, pronto, con el perdón.

Hubo alivio con cada reunión. Pronto sentí que algunos de los resentimientos empezaban a disiparse, pues yo ya no era víctima de las aflicciones que inconscientemente había escondido. Todavía no estoy donde necesito estar en el proceso de la comprensión, la aceptación y la entrega a mi Poder Superior, pero sí sé que ahora tengo el deseo ardiente de limpiar mi pequeño e inservible «clóset de las aflicciones» – «Un día a la vez».

Josephine B-V., Nuevo México
The Forum, marzo de 2014
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