Era incapaz ante la vida de mi hijo ―y la muerte―

Admitir que era incapaz ante el alcoholismo de mi hijo me brindó una sensación de calma que nunca antes había experimentado. Había dedicado gran parte de mi tiempo y energía en «salvar» a mi hijo. Diligentemente acudí a familiares, amigos, miembros de la iglesia y a cualquier otra persona que escuchara mi drama personal ―con la esperanza de que alguien pudiera salvarlo o darme las respuestas para salvarlo―. La relación con mi hijo se había deteriorado y convertido en una intensa lucha de poderes, llena de palabras y acciones fuertes, hostiles e airadas. Yo sabía que si perdía la batalla, tanto mi hijo como yo perderíamos. No me daba cuenta de que los dos ya habíamos perdido.

En la primera reunión a la que asistí, sentí esperanza. No entendí mucho lo que se dijo. Todo parecía como un idioma extranjero. Pedí prestado un libro de lectura diaria, lo mantuve conmigo, y lo leía durante todo el día, abriendo así la mente a una nueva forma de pensar. La ingobernabilidad de mi vida no era el asunto que debía tratar ―qué hacer con ella sí lo era―. Por último, me encontraba con gente que estaba en un viaje similar, que tenía un programa, y ese programa funcionó.

Cuando llegué a aceptar mi incapacidad ante el alcohol, también llegué a aceptar que mi hijo estaba «enfermo» y no que era «malo». Mi hijo sintió la diferencia de inmediato. Dado que ya no estaba tratando de «salvarlo» ni «componerlo», él me comenzó a hablar. Durante los siguientes siete años, teníamos una comunicación diversa mientras él luchaba con sus adicciones.

A menudo me culpó y se enojó conmigo, pero cuando yo no lo tomaba como algo personal, él se calmaba. Hablaba bastante cuando estaba ebrio o drogado, y compartía abiertamente conmigo en esos momentos. Poco a poco, comenzó a confiar en que yo lo amaba, e incluso en varias ocasiones me dijo que me amaba.

Cuando murió de una sobredosis de drogas a la edad de veintiséis años, el año pasado, los Pasos y el programa se convirtieron en mi cuerda salvavidas; una cuerda salvavidas que mi Poder Superior me ha dado para caminar a lo largo de la incapacidad de mi dolor y del valor de aceptar «Un día a la vez». La serenidad y la gratitud subyacente son mis compañeras constantes. Como acepto mi incapacidad, mi vida es manejable, incluso a través de estos días llenos de dolor.

Sherrie N., Iowa
The Forum, diciembre de 2013
© Al-Anon Family Group Headquarters, Inc. 2013. Todos los derechos son reservados.