Piloto militar no podía controlar la bebida de su esposa

Me crié en California en un rancho de ganado y cítricos. Tenía todo lo que un niño podía desear. Fui a una escuela preparatoria de prestigio y luego a una universidad famosa donde me inscribí en el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva. Fui comisionado como oficial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Me convertí en piloto de combate, cumplí con dos campañas en Vietnam, pasé seis años en el Pentágono, y me retiré en Canadá después de servir durante cinco años como Agregado de Defensa en la Embajada de los Estados Unidos en Ottawa.

Fue durante un desplazamiento en Bruselas, Bélgica, que me vi obligado a pensar en que tal vez mi esposa tenía un problema con la bebida. Aunque no se había mencionado el alcoholismo, la bebida excesiva estaba empezando a afectar a nuestro matrimonio, nuestros amigos y mi trabajo. Yo tenía que hacer algo. Me sentía desesperado por encontrar la forma de ayudar a mi esposa.

En mi primera reunión de Al-Anon, me encontré con más de veinte personas que hablaban bastante y parecía que lo disfrutaban. Todas eran mujeres. Mi “problema” era una mujer, y este grupo me desalentó por completo. E imagínense lo sorprendido y desilusionado que me sentí cuando me enteré de que no habría ninguna conversación sobre el alcohol. Me disgustaba profundamente tener que ir a Al‑Anon debido a que ella bebía. Ella era quien tenía los problemas, no yo. No sería sino hasta tres años después que me quedaría para asistir a las seis reuniones que recomiendan.

Busqué a Al‑Anon en Ottawa. Por supuesto, me dieron a conocer el Primer Paso. La primera parte no parecía presentar ningún problema; no sentí la necesidad de defenderme en cuanto a admitir que era incapaz sobre el alcohol; pero, ¿que mi vida se había vuelto ingobernable? Yo era un oficial de alto rango en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que había llegado a donde estaba precisamente porque podía gobernarme. ¿Cómo iba a aceptar haber dejado que mi vida llegara a ser ingobernable?

Me mantuve con los pies bien plantados y con los oídos tapados. Y allí me quedé hasta que mis defensas se aminoraron. Comencé a aprender a ver y escuchar lo que todos en mi grupo habían experimentado o estaban experimentando. Ellos eran igual que yo.

En un programa familiar en un hospital local, tomé un folleto titulado ¿Se crió junto a un bebedor con problemas? (SS-25). Tenía veinte preguntas y me indicaba que si contestaba una de las preguntas o más con un “sí”, podría ser hijo adulto de un alcohólico. El único “no” fue para la última pregunta: ¿Fue alguno de sus padres un bebedor problema? Mis padres eran fuertes bebedores sociales, pero ninguno de ellos era alcohólico. Me quedé confuso en cuanto a la forma de obtener una descripción de mí mismo como hijo adulto.

Más o menos un mes después, me encontraba en California. De casualidad vi a un muy buen amigo de mi padre. Le pregunté si había conocido a mi abuelo. Su respuesta fue, “Oh, sí, era un gran tipo”. Le pregunté si podía confirmar que mi abuelo había muerto de las heridas que había sufrido en la Primera Guerra Mundial “¿Qué? ―me respondió sorprendido― ¿De dónde sacaste esa historia? Tu abuelo murió de intoxicación alcohólica”. Obtuve la respuesta. Mi padre creció y llegó a ser hijo adulto de un alcohólico. Me lo pasó a mí, y yo había sido muy buen estudiante. Más tarde descubrí que mi madre había tenido un abuelo que también era alcohólico. A mí me habían criado dos hijos adultos de alcohólicos; no era de extrañar por qué había contestado “sí” a esas diecinueve preguntas.

Tomar conciencia de las características previsibles de un hijo adulto de un alcohólico me ayudó a comprender cómo había llegado a ser lo que era. Pude ver que un informe de buenas calificaciones, una anotación para ganar, o el reconocimiento por el trabajo bien hecho eran los requisitos más importantes en mi vida. Tenía que ser “perfecto” para garantizar que me aceptaran. También tenía que ser completamente autosuficiente y nunca pedirle ayuda a nadie. Una de las técnicas que descubrí para lograr satisfacer estas necesidades fue ignorar mis emociones. Si no sentía, podría seguir adelante con ser perfecto.

Un día recitaba lentamente la Oración de la Serenidad para mí mismo, tratando de apreciar cada palabra y frase a medida que la decía. “Aceptar las cosas que no puedo cambiar”. Aceptación, pero ¿de qué? ¿Sólo de las cosas que no podía cambiar? ¿O había algo más? ¿Dónde estaba la sabiduría que requería para saber la diferencia entre la necesidad de aceptación y la necesidad de valor que yo tenía? Necesitaba la aceptación de ella, de mí, y de donde “yo” me detuve.

Fue entonces que me miré la mano y vi mi dedo índice. Ahí estaba “mi” límite ―donde terminaba el dedo―. En ese momento, mi dedo índice se convirtió en mi “dedo de la sabiduría”, la referencia que podía utilizar para ver dónde se detenía el poder de mi voluntad. El único mundo que tengo que cambiar y con el cual tratar se detiene en la punta de ese dedo.

Ahora podría comenzar a trabajar en el hecho de que mi vida se había vuelto ingobernable. ¿Cómo podía hacerlo cuando había trabajado profesionalmente durante treinta años para asegurarme de que mi vida siempre estuviera bien gobernada? Pero, lo ¿estaba? Mi vida profesional, sí; pero mi vida personal, definitivamente no. Ahí fue donde lo acepté. Si podía experimentar esa aceptación, entonces podía reclamar el Primer Paso.

Mis dos grandes temores eran temor al rechazo y temor al abandono. Me preocupaba tanto de la manera en que alguien se sintiera y de si aún yo le agradaría que me esperaba a que ese alguien me mostrara la manera en que yo me sentía. De esa forma, estaría a salvo ―la gente no me rechazaría ni me abandonaría―.

Después de un tiempo, me di cuenta de que la base principal de esta secuencia de hábitos y comportamiento comprendía una muy baja autoestima. Yo estaba totalmente convencido de que no le importaba a nadie. No podía determinar de dónde procedía todo esto, pero pronto mi Poder Superior me dio una lección y me permitió ver hacia mi parte interior. Lo que vi en el fondo fue algo vulgar, malo y espantoso, a lo cual le empecé a llamar “Echadito a Perder”. “Echadito a Perder” fue lo que me hizo diferente. Fue la explicación de por qué yo nunca me permití estar donde debía: fue lo que me hizo mucho “menos que”, y fue, de hecho, la base de quien yo era y como era. Él fue el secreto más profundo de mi vida.

Cada vez se hacía más evidente que iba a tener que cambiar mi relación con “Echadito a Perder” si iba a ser capaz de lograr algún avance en la recuperación. Sin embargo, mi relación con mi Poder Superior había seguido creciendo durante ese tiempo, y parecía que era un lugar lógico al cual acudir. Lo hice con mucho cuidado, pues no estaba seguro de que mi Poder Superior tolerara a “Echadito a Perder”. Esto me llevó a la primera de muchas lecciones acerca de cómo mi Poder Superior y yo nos íbamos a identificar. Desperté con la certeza de que mi Poder Superior me aceptó con todas mis imperfecciones ―y entre ellas estaba “Echadito a Perder”―.

Mi conciencia y mi lógica dieron un salto ―si mi Poder Superior me podía aceptar, ¿quién era yo para no aceptarme?― ¡Vaya! ¿No me acepto?

Mi Padrino me preguntó si comprendía lo que era entregarse. Le dije: “En realidad, es lo que he aprendido a no hacer nunca durante treinta años como piloto de combate”. “No es lo mismo ―dijo mi Padrino―. La humildad es el estado de haber establecido la verdadera relación entre tú y tu Poder Superior”. Para hacerlo, tendría que entregarle mi voluntad y mi vida a mi Poder Superior. “Estoy dispuesto a hacerlo”, ―le dije. Después de unos meses de hablar, pensar y trabajar, por fin sentí que estaba listo para pedir humildemente.

Me di cuenta de que había llegado a un lugar donde me sentía a gusto para hacer una petición como esa de que se eliminaran mis defectos, pero no tenía ni idea de cómo ni cuándo podría ocurrir. Entonces me acordé de otra buena sugerencia de mi Padrino que casi nunca había seguido ―la meditación―. Me sugirió que siempre tuviera presente que orar era hablar con Dios, pero que la meditación era escuchar las respuestas. “Por supuesto ―dijo él―, en la meditación no sólo tienes que estar dispuesto a oír, tienes que estar dispuesto a escuchar”.

Empecé a hacer un gran esfuerzo, pero no fue fácil para mí. Mi mente siempre volaba alrededor de una serie de pensamientos y preocupaciones desligadas. Sin embargo, con la práctica constante fui capaz de desconectar mi mente del mundo real el tiempo suficiente para permitir que algunas respuestas se filtraran. Cuanto más lo hacía, más fácil era volver a visitar ese lugar quieto y refrescante. No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que en realidad había realizado algunos pequeños cambios. El estar consciente de estas diferencias hizo que fuera más fácil identificar en qué se necesitaba trabajar más. Mi Poder Superior y yo nos convertimos en un verdadero equipo, y logramos algunos avances significativos.

Estaba empezando a disfrutar realmente del viaje. La parte inferior de la página 63 del libro Un día a la vez (SB-6) dice: “Que yo comprenda que el programa de Al-Anon no es una poción mágica que curará instantáneamente todos mis males, sino una norma de vida que me servirá exactamente en la medida en que yo la ponga en práctica”. Para mí, este programa no tiene conclusión, sólo práctica constante.

Por Howdy R., Ontario, Canadá